Ayer llené una maleta con mis cosas pero no llegué a cerrala. Ayer desmonté una cuchilla para cortar por lo insano, pero sigo aquí. Así que hoy he tenido que quitarme las gafas para no ver la vida.
Pero aún entre borrones no se puede escapar de la pesadumbre de tener que esperar a descubrir si la ropa volverá a la normalidad de su armario o si todo se desvanecerá definitivamente a pesar de poner las lentillas.
Es muy difícil no tener este miedo invadiendo mis entrañas cuando lo más habitual es que finalmente me ocurra lo segundo. Suele ser más tarde que temprano pero el caso es que siempre ha acabado igual.
Cómo odio tener siempre razón. Ojalá me equivoque con esto por una puta vez en la vida, al fin y al cabo no hago más que equivocarme en todo lo demás.

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