Mi madre debería escribir un libro. No lo hace porque no es consciente de su propio talento, y yo no se lo digo porque intento hablar con ella (bueno, en realidad con ambos mis dos progenitores) lo mínimo posible: sí, soy una mala hija, pero al menos no ando por ahí robando…
Es tal la capacidad que tiene esta mujer para emplear metáforas, circunloquios, símiles y demás recursos literarios que si se dedicara a la narrativa seguro que sus textos terminaban por ser analizados en las aulas consiguiendo así tocar los huevos a los demás preadolescentes (de por qué a pesar de mi edad aún estoy en esta etapa de mi vida, si acaso, ya hablaremos otro día).
Antes de que empecéis a dudarlo voy a aclarar que SÍ que la quiero, no me malinterpretéis, que tengo corazón, soy persona y todas esas cosas aunque a veces no lo parezca. Lo único que pasa es que no puedo hablar con ella de temas personales porque no es capaz de llamar a las cosas por su nombre y yo me niego a responder a sus preguntas si no las formula como Dior manda, es decir, con todas las palabras, no como si jugara al Tabú. Y es que por tabú es por lo que no se suelta la tía. En ocasiones es como un flashback al siglo XV.
A los 18 años, cuando mi madre pensaba que yo era pura, casta e ingenua, tras pedirle ir de acampada con el que fue mi primer “novio formal” junto a quien llevaba un año y medio, puso el grito en el cielo. Empezó a decir que no le parecía “correcto” (os sorprende? normal, pero no olvidéis lo del flashback y no metáis el dedo el la llaga que ya me llega con lo que me ha tocado…) Por mucho que le pregunté por qué y le dije que no sabía a qué se refería, no fue capaz de explicarme que no le gustaba la idea de que practicara el sexo “aún”. Así que como no me pareció lógico que fuera la hija quien tuviera que tirar de las palabras de la madre la conversación se fue al limbo y yo, por supuesto, me quedé sin acampar. Aunque me dio igual porque podía follar en cualquier otro sitio cualquier otro día como de hecho ya venía haciendo tiempo atrás, y es que realmente yo sólo quería ir de acampada.
Cuando el chaval me dejó, escamada (supongo) aún por aquello, quiso saber si seguía siendo virgen y planteó: “hiciste algo de lo que te arrepientas?” A lo que respondí muy seca, tajante y segura de mi misma “No”. Y si somos literales, no mentí.
No hace mucho me preguntó: “estás haciendo algo para adelgazar?” Parece una cuestión normal a la que podía haber contestado “no como entre horas, tomo alimentos con menos grasa y ceno más ligero” y habría estado orgullosa de mi, pero nuevamente sentencié “No” porque como ya me conozco sus artimañas literarias, en seguida supe que en realidad lo que intentaba averiguar era si me había vuelto bulímica.
Exactamente igual sucedió cuando quiso saber “tomas algo para no dormir?” y contesté “No” en lugar de aclararle “café, algunas veces a media mañana” porque descifré sin problema que entre las líneas de su interrogante lo que había era un “te estás drogando hija?”
De todos modos en el fondo debería estar agradecida. Ahora que no tengo mucho tiempo para leer, gracias a ella ejercito mi capacidad de comprensión igualmente.
Es tal la capacidad que tiene esta mujer para emplear metáforas, circunloquios, símiles y demás recursos literarios que si se dedicara a la narrativa seguro que sus textos terminaban por ser analizados en las aulas consiguiendo así tocar los huevos a los demás preadolescentes (de por qué a pesar de mi edad aún estoy en esta etapa de mi vida, si acaso, ya hablaremos otro día).
Antes de que empecéis a dudarlo voy a aclarar que SÍ que la quiero, no me malinterpretéis, que tengo corazón, soy persona y todas esas cosas aunque a veces no lo parezca. Lo único que pasa es que no puedo hablar con ella de temas personales porque no es capaz de llamar a las cosas por su nombre y yo me niego a responder a sus preguntas si no las formula como Dior manda, es decir, con todas las palabras, no como si jugara al Tabú. Y es que por tabú es por lo que no se suelta la tía. En ocasiones es como un flashback al siglo XV.
A los 18 años, cuando mi madre pensaba que yo era pura, casta e ingenua, tras pedirle ir de acampada con el que fue mi primer “novio formal” junto a quien llevaba un año y medio, puso el grito en el cielo. Empezó a decir que no le parecía “correcto” (os sorprende? normal, pero no olvidéis lo del flashback y no metáis el dedo el la llaga que ya me llega con lo que me ha tocado…) Por mucho que le pregunté por qué y le dije que no sabía a qué se refería, no fue capaz de explicarme que no le gustaba la idea de que practicara el sexo “aún”. Así que como no me pareció lógico que fuera la hija quien tuviera que tirar de las palabras de la madre la conversación se fue al limbo y yo, por supuesto, me quedé sin acampar. Aunque me dio igual porque podía follar en cualquier otro sitio cualquier otro día como de hecho ya venía haciendo tiempo atrás, y es que realmente yo sólo quería ir de acampada.
Cuando el chaval me dejó, escamada (supongo) aún por aquello, quiso saber si seguía siendo virgen y planteó: “hiciste algo de lo que te arrepientas?” A lo que respondí muy seca, tajante y segura de mi misma “No”. Y si somos literales, no mentí.
No hace mucho me preguntó: “estás haciendo algo para adelgazar?” Parece una cuestión normal a la que podía haber contestado “no como entre horas, tomo alimentos con menos grasa y ceno más ligero” y habría estado orgullosa de mi, pero nuevamente sentencié “No” porque como ya me conozco sus artimañas literarias, en seguida supe que en realidad lo que intentaba averiguar era si me había vuelto bulímica.
Exactamente igual sucedió cuando quiso saber “tomas algo para no dormir?” y contesté “No” en lugar de aclararle “café, algunas veces a media mañana” porque descifré sin problema que entre las líneas de su interrogante lo que había era un “te estás drogando hija?”
De todos modos en el fondo debería estar agradecida. Ahora que no tengo mucho tiempo para leer, gracias a ella ejercito mi capacidad de comprensión igualmente.
